La corrupción del voto ha llegado a su punto más sofisticado, tanto logística como tecnológicamente en la Costa Atlántica. Así se demuestra en el caso de la representante Aída Merlano, en cuya sede se encontraron planillas con los nombres de quienes compraban votos para ella, listados de votantes con sus cédulas y hasta lectores de códigos digitales para que no le hicieran conejo.

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